sábado, 2 de mayo de 2026

La soberanía bajo expediente


 

Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶 


Hay momentos en que la política deja de insinuar y empieza a hablar con la frialdad de los hechos. Lo ocurrido esta semana entre Washington y México pertenece a esa categoría. La acusación formal presentada en Nueva York contra Rubén Rocha Moya y otros funcionarios sinaloenses no solo agitó el tablero doméstico; también exhibió, con una claridad incómoda, la forma en que la relación bilateral puede pasar de la cooperación diplomática a la administración extraterritorial de las crisis internas. Rocha solicitó licencia temporal de la gubernatura mientras la Fiscalía General de la República revisa el expediente estadounidense. Ese es el dato verificable. Todo lo demás —y es mucho— pertenece ya al terreno del significado político.


Hace apenas unos días, el debate público giraba en torno a Chihuahua y a las versiones sobre operaciones de inteligencia estadounidense en territorio mexicano. La discusión parecía anclada en una palabra a la que solemos convocar con solemnidad y olvidar en la práctica: soberanía. No se trataba de retórica ceremonial, sino de algo más concreto: la evidencia de que Estados Unidos conserva capacidad de operar, influir y producir efectos dentro del espacio político mexicano. El problema, entonces, parecía ser la intromisión.


Pero la política de las potencias rara vez se agota en una sola escena.


Con Sinaloa, el eje cambió de manera abrupta. El Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública una acusación contra Rocha Moya y otros nueve funcionarios y exfuncionarios, bajo la tesis de que habrían colaborado con el Cártel de Sinaloa. La imputación, presentada por la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, llegó en un contexto ya enrarecido y abrió una crisis política de dimensión nacional. El dato duro es este: Washington dejó de aparecer únicamente como actor de inteligencia o socio de seguridad y pasó a colocarse como actor judicial con capacidad de intervenir sobre el conflicto político mexicano desde fuera de sus fronteras.


Aquí conviene evitar la comodidad de las trincheras ideológicas. Habrá quienes sostengan que, si Rocha es culpable, el asunto se reduce a que enfrente la justicia. Habrá también quienes, por el simple hecho de que la acusación proviene de Estados Unidos, la descarten como maniobra imperial. Ambas posturas son insuficientes.


Porque ambas omiten una verdad incómoda: la corrupción interna y la utilización geopolítica de esa corrupción no son fenómenos excluyentes. De hecho, suelen alimentarse mutuamente.


La historia latinoamericana ofrece demasiados antecedentes para fingir sorpresa. Washington rara vez necesita fabricar desde cero a sus adversarios. Le basta, muchas veces, con administrar contradicciones ya existentes. Durante décadas convivió sin sobresaltos con regímenes corruptos cuando éstos garantizaban estabilidad estratégica. Y cuando cambió la correlación de intereses, descubrió súbitamente las virtudes de la transparencia.


Eso es lo que vuelve políticamente relevante la secuencia Chihuahua-Sinaloa. En el primer episodio, el reflector apuntaba a la penetración estadounidense. En el segundo, el reflector gira y cae sobre la presunta corrupción de un gobernador de Morena. El desplazamiento narrativo no es menor. Lo que estaba bajo examen dejó de ser la intromisión y pasó a ser la descomposición interna del poder local.


La ironía —si se permite— es impecable: quien hace unos días aparecía como factor de presión externa, hoy reaparece investido de una cierta autoridad moral.


Ahora bien, tampoco conviene inflar lo que todavía está en proceso. La propia Fiscalía General de la República ha señalado que, hasta ahora, no cuenta con evidencia suficiente para justificar medidas urgentes y ha pedido más pruebas a Estados Unidos. Ese dato es fundamental. La acusación tiene, sin duda, enorme densidad política; pero el estándar probatorio público conocido hasta este momento sigue siendo materia de controversia. En una democracia seria, la gravedad de una imputación no puede reemplazar a la solidez de la prueba.


La pregunta, entonces, no es únicamente si Rocha es culpable o inocente. La pregunta es por qué este expediente aparece ahora, por qué escala con esta velocidad y por qué emerge en un momento en que la relación bilateral se prepara para nuevas tensiones en seguridad, migración y la próxima revisión del T-MEC.


Ese calendario importa.


También importa por otra razón: 2027 ya empezó, aunque todavía no aparezca en los calendarios oficiales. En política, intervenir en la selección anticipada de los costos de ciertos actores también es una forma de intervención. No hace falta un desembarco; basta con que determinadas candidaturas se vuelvan más caras, más riesgosas o más vulnerables.


Ahí está el verdadero dilema para Morena. Defender la soberanía no puede significar cerrar filas por reflejo corporativo. Pero aceptar sin mediación que el aparato judicial estadounidense se convierta en árbitro externo de la legitimidad política mexicana tampoco es una opción inocua.


La salida institucional tendría que ser otra: investigación interna seria, autónoma y verificable. No para complacer a Washington ni para blindar a nadie, sino para afirmar una premisa elemental de Estado: que México conserva la facultad de investigar, sancionar y depurar sus propias estructuras.


Porque, al final, eso es la soberanía en su versión menos romántica y más exigente.


Lo ocurrido con Rocha Moya no debe leerse como un episodio aislado. Es, más bien, la radiografía de una vulnerabilidad acumulada. Estados Unidos no opera sobre el vacío; opera sobre grietas reales. Y cuando esas grietas existen, la defensa nacional empieza mucho antes de los discursos: empieza en la calidad de las candidaturas, en la limpieza de las alianzas y en la fortaleza de las instituciones.


Lo demás —como suele ocurrir en política— termina llegando en forma de expediente.


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