s谩bado, 23 de mayo de 2026

El sheriff del mundo ya no puede cuidar su propia casa


 

Por: 饾挗饾挾饾搱饾搲饾挾饾搩饾捁饾憸 饾挴饾捑饾搩饾搲饾挾

Hollywood vende h茅roes invencibles. Disney fabrica mundos donde el bien siempre gana. Washington, mientras tanto, contin煤a exportando la idea de que Estados Unidos sigue siendo el polic铆a del planeta: el pa铆s de la tecnolog铆a militar m谩s sofisticada, los sistemas de inteligencia imposibles de vulnerar y la seguridad nacional convertida en espect谩culo cinematogr谩fico. Pero la realidad —esa inc贸moda enemiga de la propaganda— vuelve a tocar la puerta de la Casa Blanca a punta de disparos.


Esta semana, un nuevo tiroteo en las inmediaciones del complejo presidencial encendi贸 otra vez las alarmas en Washington. Reportes de medios estadounidenses se帽alaron que un hombre armado abri贸 fuego cerca del per铆metro de seguridad de la Casa Blanca, obligando al Servicio Secreto a activar protocolos de emergencia y resguardar al presidente Donald Trump, quien permanec铆a dentro de la residencia oficial. Periodistas fueron evacuados de la zona mientras agentes fuertemente armados tomaban posiciones.


La escena parece salida de una serie de Netflix: francotiradores sobre los techos, corresponsales tir谩ndose al suelo en plena transmisi贸n y una capital convertida, por momentos, en zona de guerra. Pero no fue ficci贸n. Ocurri贸 en el pa铆s que suele repartir certificados de “seguridad”, “democracia” y “estabilidad” al resto del mundo.


Y ah铆 aparece la gran contradicci贸n.


Durante a帽os, Washington ha se帽alado a M茅xico como un “narcoestado”, un territorio supuestamente rebasado por la violencia y la infiltraci贸n criminal. La narrativa ha sido insistente, 煤til y pol铆ticamente rentable. Sirve para justificar presiones diplom谩ticas, intervenciones discursivas y hasta campa帽as electorales internas. Sin embargo, mientras el dedo apunta hacia el sur, los problemas dentro de Estados Unidos comienzan a parecer demasiado grandes para seguir escondi茅ndolos detr谩s de la bandera y el patriotismo televisado.


Porque el problema ya no es un hecho aislado. Son demasiados episodios acumulados. Ataques armados, intentos de atentados, disturbios internos, polarizaci贸n extrema, grupos radicalizados y una sociedad profundamente fracturada. La violencia pol铆tica dej贸 de ser una excepci贸n para convertirse en parte del paisaje estadounidense. El pa铆s con m谩s presupuesto militar del planeta no logra garantizar tranquilidad ni siquiera en el coraz贸n de su poder pol铆tico.


Y eso obliga a hacer preguntas inc贸modas.


¿Qu茅 tan real es esa supuesta capacidad absoluta de respuesta? ¿Hasta d贸nde llega la eficacia de los organismos de seguridad m谩s avanzados del mundo cuando los conflictos nacen desde adentro? ¿Puede seguir vendi茅ndose la imagen de “naci贸n segura” cuando los ataques ocurren cerca del hombre m谩s protegido del planeta?


Estados Unidos enfrenta algo m谩s complejo que un problema de seguridad p煤blica: enfrenta una crisis interna de cohesi贸n. La polarizaci贸n pol铆tica ha convertido al adversario en enemigo. El discurso p煤blico se degrad贸 hasta transformarse en una batalla permanente entre extremos. Y en ese escenario, Donald Trump ha sido tanto s铆ntoma como detonante.


El actual mandatario estadounidense gobierna en medio de un clima donde cada crisis parece convertirse en espect谩culo medi谩tico. Todo se transmite, todo se dramatiza y todo termina convertido en narrativa electoral. Trump domina el reflector como pocos l铆deres contempor谩neos. Entiende la televisi贸n, el impacto visual y la l贸gica de las redes sociales. Pero gobernar una potencia mundial exige algo m谩s que espect谩culo.


Ah铆 es donde las comparaciones comienzan a surgir inevitablemente. Como Javier Milei en Argentina, Trump ha construido buena parte de su fuerza pol铆tica sobre la confrontaci贸n constante, la provocaci贸n y la narrativa antisistema. Mucho ruido, mucha exposici贸n y una capacidad extraordinaria para mantenerse en el centro de la conversaci贸n p煤blica. El problema es que el ruido no necesariamente se traduce en resultados estructurales.


Mientras Washington presume liderazgo global, dentro de sus fronteras aumentan las se帽ales de desgaste institucional. Los tiroteos masivos siguen ocurriendo con frecuencia alarmante. Las tensiones raciales y pol铆ticas contin煤an escalando. Y la confianza ciudadana en las instituciones federales se erosiona lentamente.


Parad贸jicamente, el pa铆s que suele presentarse como modelo enfrenta hoy algunas de las mismas fracturas que critica en otras naciones. Solo que con mejor producci贸n audiovisual.


No se trata de minimizar los problemas de M茅xico ni de romantizar la violencia que golpea a Am茅rica Latina. Ser铆a irresponsable. Pero tampoco puede ignorarse la doble moral con la que Estados Unidos construye ciertos discursos internacionales. Cuando la violencia ocurre en el sur, es “fracaso institucional”. Cuando sucede frente a la Casa Blanca, se le llama “incidente aislado”.


La diferencia est谩 en el relato, no en la gravedad.


El tiroteo de esta semana vuelve a exhibir algo que muchos prefieren no admitir: el “sheriff del mundo” tambi茅n perdi贸 control sobre partes de su territorio pol铆tico y social. Y quiz谩 el problema m谩s grave no sea la violencia en s铆, sino la incapacidad de reconocer que el deterioro ya dej贸 de ser una percepci贸n externa para convertirse en una crisis dom茅stica.


Porque ning煤n imperio cae el d铆a que pierde poder militar. Empieza a caer cuando deja de entender sus propios problemas y sigue creyendo que todo puede resolverse con c谩maras, discursos patri贸ticos y conferencias de prensa.


Incluso en Hollywood, llega un momento en que el p煤blico deja de creerle al personaje.


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