Durante los años en que predominó la visión tecnócrata y los gobiernos de corte neoliberal, la educación pública en México quedó atrapada entre discursos de modernización y una realidad marcada por el abandono. Mientras se presumían reformas y cifras macroeconómicas, miles de escuelas seguían operando con techos dañados, baños inutilizables y carencias básicas. La burocracia administraba presupuestos; las comunidades administraban el rezago.
Hoy, con la continuidad del proyecto de la Cuarta Transformación encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, el enfoque busca llevar los recursos directamente a quienes viven diariamente las necesidades de los planteles. Programas como “La Escuela es Nuestra” mantienen esa lógica de cercanía social, atención territorial y transferencia directa como eje de política pública.
Por eso, la reciente entrega de apoyos en el sur de Tamaulipas, encabezada por el delegado federal Luis Lauro Reyes Rodríguez, representa algo más que un acto administrativo. La cifra es significativa: 45 millones 250 mil pesos destinados a 98 planteles y 18 comunidades rurales de Altamira, Tampico y Ciudad Madero, beneficiando a más de 38 mil estudiantes. Pero más allá del monto, el verdadero fondo está en el modelo político y social que representa.
“La Escuela es Nuestra” rompe con la vieja lógica burocrática donde las decisiones se tomaban lejos de las aulas. Hoy, madres, padres y comités escolares administran directamente los recursos para atender necesidades reales: aulas, sanitarios, mobiliario e infraestructura.
Más allá del debate político, hay una realidad difícil de negar: muchas escuelas públicas están recibiendo atención que durante años simplemente no existió. La apuesta de la Cuarta Transformación busca que el dinero llegue sin tantos intermediarios ni estructuras clientelares.
Porque al final, los gobiernos no se sostienen solo con discurso. También se sostienen con resultados que la gente puede ver y tocar.

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