La política mexicana vuelve a exhibir una de sus tensiones más incómodas: el choque entre el discurso público y las prácticas que sobreviven en las estructuras del poder. Esta vez, el epicentro es San Luis Potosí, donde el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) ha decidido tensar la cuerda con Morena y el Partido del Trabajo, en una disputa que tiene nombre, apellido y proyecto político.
La senadora Ruth González Silva, esposa del gobernador Ricardo Gallardo Cardona, ha dejado claro que su partido está dispuesto a competir en solitario en 2027 si no encuentra respaldo en la alianza oficialista. El mensaje no es menor: es una advertencia política en medio del rechazo abierto del obradorismo a cualquier intento de sucesión que huela a continuidad familiar.
Desde la Presidencia, Claudia Sheinbaum ha sido enfática en marcar distancia con el nepotismo como práctica política, una postura que también ha sostenido la dirigente nacional de Morena, Luisa María Alcalde. El señalamiento no es abstracto: apunta directamente al proyecto de González Silva, quien busca suceder a su esposo en el gobierno estatal.
Sin embargo, en el Verde la narrativa es otra. En asamblea de la segunda circunscripción, la senadora defendió la fortaleza de su partido, presumió resultados electorales y dejó ver una maquinaria política consolidada en territorio potosino. Más de 35 alcaldes, legisladores aliados y una estructura territorial que, aseguran, les permitiría no sólo competir, sino ganar “el carro completo”.
El tono fue claro, incluso desafiante: el PVEM se asume como actor central, no como comparsa. “Somos los que marcamos el rumbo”, dijo González, en un discurso que mezcla autoconfianza con una lectura pragmática del poder: las alianzas sirven mientras convienen.
Pero el fondo del conflicto es más profundo. Morena ha intentado posicionar una narrativa de renovación ética, donde prácticas como el nepotismo no tengan cabida. El Verde, en cambio, parece apostar por la lógica tradicional del control territorial, la continuidad de grupo y la eficacia electoral, sin reparar demasiado en los costos discursivos.
La dirigencia nacional del PVEM, encabezada por Karen Castrejón, ha terminado por confirmar lo que ya se anticipaba en los pasillos políticos: si las condiciones no favorecen, el partido competirá solo en 2027. La alianza con Morena y el PT, que en su momento fue estratégica, hoy parece resquebrajarse ante la disputa por candidaturas.
La frase que circula en el entorno verde —“vamos con todo y contra todos”— no es sólo retórica. Es la síntesis de una ruptura que revela cómo, en la política mexicana, las coaliciones suelen tener fecha de caducidad cuando el poder entra en juego.
San Luis Potosí se convierte así en laboratorio político de una pregunta mayor: ¿hasta dónde llega el compromiso de los partidos con sus principios cuando estos chocan con sus intereses?
Porque al final, más allá de discursos y posicionamientos, lo que está en disputa no es sólo una gubernatura. Es el modelo de hacer política en un país donde, una vez más, la línea entre proyecto y patrimonio familiar parece desdibujarse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario